IVAGÍNATE UN FINAL FELIZ (RELATO ERÓTICO)

El post de hoy viene con regalo incluido. Y no, no voy a sortear un fin de semana para dos personas a ninguna isla paradisíaca. Les traigo un ejercicio práctico, es un especial para las parejas.

Normalmente, hablo de un tema en concreto, pero hoy me apetecía contarles otra de las cosas que suelo hacer, con referencia al mismo tema. Pero aportándole un toque didáctico y divertido para las parejas.
El ejercicio consiste en leer el siguiente relato erótico (escrito por mí). Y al finalizar, o un poquito más tarde, por si se lía la cosa, deben buscarle un final al relato, adaptar un desenlace a la historia.
De esta manera no solo podrán jugar en parejas, sino fomentar la comunicación entre ambos miembros.
¡Que se diviertan Cupider@s!

EL TAXISTA

Corría por la calle de un lado para otro con mi maleta, debajo de la lluvia. Iba contra reloj, dirección al aeropuerto. No había ni un solo taxi libre y me quedaba escaso tiempo para facturar mi equipaje y embarcar rumbo Barcelona.
De  repente, como salido de la nada, se detiene un viejo taxi a mis pies, mojándome aun más con los charcos de la calzada.
El conductor, un joven muy guapo, se baja para ayudarme con mi maleta, y la mete al portabultos del coche. Justo en ese momento, sentí un escalofrío en todo mi cuerpo, cuando sus manos rozaron las mías, como si de corriente se tratara.
Le pedí que, por favor, me llevara lo antes posible a la terminal de vuelos nacionales. 
Muy atento y educado, el joven apresuró la marcha dirección al aeropuerto.

El taxi era un viejo y destartalado Mercedes, con asientos de sky, que con las prisas, en cada curva, me mecía en el asiento trasero del vehículo. El joven no dejaba de mirarme y sonreír por el espejo retrovisor interno. Creo que le hacía gracia, verme mojada y zarandeada por los vaivenes de las curvas.
De repente me preguntó:

  ¿Viaje de negocios o vacaciones?

Tenía una voz grave, pero me resultaba dulce su timbre de voz.

  No, voy a visitar a unos parientes.

Justo en ese momento, sentía electricidad por mi cuerpo de nuevo. Reconocí aquel estallido de sensaciones. Era el aroma de su piel, que se impregnaba en mi olfato, arrebatándome todo el sentido común del que siempre presumía.

Intentaba guardar la compostura en aquel viejo taxi, secándome el pelo con un pañuelo que llevaba anudado en mi cuello, dejando a la vista mi escote.
En ese instante, levanté la mirada, y pude ver cómo el joven me contemplaba con aquellos enormes ojos verdes.

  Permítame decirle algo - casi me susurró - Es usted preciosa.

Justo ahí, me estremecí, no supe reaccionar. Simplemente mi cuerpo lo hizo por mí, y sentí cómo mis mejillas enrojecieron por completo. Solo me atreví a contestar tímidamente.

  Muchas gracias.

Mi razón se nubló por completo, no entendía qué sucedía. No obstante, solo su presencia me inquietaba, perturbaba mis sentidos.

  Quisiera invitarla a cenar un día. ¿Sería posible? ¿Está comprometida?

De repente, como si de mi persona no se tratara, me escucho decir.

 Toma la primera salida a la derecha y sigue mis indicaciones.

Pero... ¿Qué estaba haciendo?, ¿Me había vuelto loca?, ¿Qué va a pensar de mí?
Él miró nuevamente por el espejo y sin mediar palabra, siguió mirando la carretera.

  ¡Qué vergüenza!, ¿Cómo he sido capaz de hacer algo así?

Solo quería bajarme del taxi y salir corriendo por toda la circunvalación. Pero justo, en ese mismo instante, escucho un tic tic tic tic. El joven puso el indicador, y sale en la primera salida a la derecha.

  Bien, y... ¿ahora? - me dijo escuetamente.

Mi cabeza comenzó a dar vueltas casi a la misma velocidad que los latidos de mi corazón. No era capaz de distinguir la expresión de su cara. No sabía si había entendido mi proposición.
Pero, de repente, volvió a mirarme a través del espejo retrovisor y me dijo

  Sé que el siguiente vuelo para Barcelona es dentro de 3 horas. Tiempo suficiente para... - y ahí dejó su frase.

Escuchar eso me volvió loca. Había entendido mi proposición. Pero y... ¿ahora? ¿Hacia dónde nos dirigíamos? Piensa rápido, me dije.

Recordé que cuando pequeña, íbamos a hacer comilonas a un descampado muy tranquilo por aquella zona. Un sitio plácido con unas vistas preciosas.
Le indiqué el camino con frases muy cortas y lacónicas. La tensión se podía cortar en el ambiente, y a pesar del frío, y la lluvia que estaba cayendo, hacía mucho calor dentro del coche.

  Hemos llegado­ - Le dije.

Se escuchó el clic de su cinturón de seguridad. Sin mediar palabra se bajó del coche y abrió mi puerta.
Yo lo miraba con una mezcla de miedo y deseo. Él se mostraba muy seguro de sí mismo, dejándome a mí, el papel de novata.
Sin articular ni una sola palabra, me descalzó y se recostó sobre mí. Me miraba fijamente, y comenzó a desabrochar cada uno de los botones de mi camisa lentamente. Como recreándose en la acción, muy despacito.

 Esta belleza hay que contemplarla- me susurró.

Mi respiración se entrecortaba. No podía dejar de mirarlo, no podía dejar de clavar mi mirada en sus pupilas, como un rehén pide clemencia a su carcelero.
Colocó una mano sobre mi pelo, y lo olió muy lentamente. Inhaló la fragancia de mi larga cabellera negra. Soltando un largo suspiro a continuación. Continuó acariciando mis mejillas, que ardían por el intenso calor que desprendían nuestros cuerpos. Deslizó su mano por mi cuello hasta llegar a mi pecho. Apretó fuertemente uno de mis pechos, e instintivamente salió de mis labios un gemido ingenuo. El joven, que tan ni siquiera sabía su nombre, me miró y me dijo suavemente:

- Sshh, tranquila.

Mi cuerpo se estremeció, y sumisa seguí sus indicaciones, silenciando mi deseo.
Bajó mi mano por todo mi vientre, subió sigilosamente mi falda, y comenzó a torturarme con un frenesí de caricias entre mis muslos. Ardía toda mi entrepierna, y comencé a notar cómo manaba toda mi esencia.
Hábilmente, apartó mis bragas a un lado, y comenzó a masajear todo mi sexo suavemente. Mi respiración comenzó a acelerarse drásticamente, al ritmo que su mano me recorría toda mi entrepierna. Paró de repente, y mis ojos pedían una explicación para tal castigo. Subió mi cuerpo por el sillón del coche y se inclinó entre mis muslos. Acercó tímidamente sus labios a mi vagina, y a pequeños sorbos, comenzó a lamerme todo el clítoris. Estallaban mis ansias, en sentir su lengua húmeda recorriéndome. El vapor comenzó a nublar los cristales, dejando a oscuras nuestra inocencia.
Estaba inmóvil, estaba supeditada, pero ese rol me hacía sentirme deseada.


Sus dedos se adentraron en mí paulatinamente. Todo mi cuerpo se retorcía de placer, de gozo, en sentir una ínfima parte de aquel joven, dentro de mí.
Mis manos agarraron fuertemente su cabello, al igual que mi mirada no dejaba de perder de vista, ni un solo segundo, ni un solo detalle, de todo lo que en aquel coche estaba pasando.

Sentí el sonido de la hebilla de un cinturón, y como bajaba su cremallera con la otra mano. Lentamente, dejó caer sus pantalones a media pierna, sin dejar de proporcionarme placer con la otra mano, con la mano del pecado. Se puso erguido, y comenzó a lamer sus dedos húmedos con saber a mí. Mientras, contemplaba mi cuerpo semi desnudo, pidiendo a gritos sordos que me arrebatara aquel deseo.

Sacó de su entrepierna aquel instrumento de placer, su miembro rígido que me deseaba tanto como yo a él. Volvió a colocarse encima de mi figura atormentada por el apetito carnal y calladamente fue introduciéndose dentro de mí. En ese momento, sentía brotar por cada poro de mi piel ansias y deseo. Sus ojos emanaban fuego. Y sin dejarme de mirar, comenzó un ritual de pasiones. Con una mano me sujetó el cabello, y con la otra acariciaba mi piel, de punta a punta. Su baile dentro de mí, me proporcionaba la locura. Su intensidad aumentaba, como mismo aumentaban nuestros gemidos, nuestros jadeos. Las gotas de los cristales comenzaron a recorrer el vapor de nuestros alientos deseosos.
Mis labios se entreabrieron solamente para lanzar un único gemido de placer. Gemido que bastó a mi cuerpo para expresar todo aquella pasión y explosión que había experimentado dentro de aquel vehículo.

Mi cuerpo quedó inmóvil, extasiado, desvanecido, aferrada a la espalda sudorosa de aquel maravilloso hombre.
Mis pies aun temblaban, todavía sentía por todo mi cuerpo la descarga de electricidad que hacía escasos segundos brotaba de mi entrepierna. Suspiré para llenar mis pulmones de aliento, ya que se había escapado el poco aire que me quedaba en mi último y maravilloso gemido.

Él en cambio, parecía fuerte y casi inmune a los delirios de la lujuria. 
Se inclinó para besarme tiernamente en los labios. Y en ese momento solo pronunció:

 Vístete preciosa, que se te escapará el vuelo. ¿Cuándo regresas?

  El sábado aterrizo a las 22:00 h.

  ¡Allí estaré! ¡Ah, mi nombre es Mario!

Se incorporó en el asiento del coche, se abrochó la hebilla del cinturón, me besó tiernamente la mejilla y se pasó al asiento delantero del coche.
Yo atrás aun a medio vestir, desorientada, casi sin saber qué era lo que había pasado, comencé a colocarme la ropa. Buscaba mis zapatos, cuando Mario, ese era su nombre, arrancó su taxi dirección al aeropuerto.

NASS©


Recuerden Cupider@s que quizás no haya sitio para esa persona en tu vida, pero quizás sí en el asiento de detras de tu coche.

LES QUIERO CON MUCHO HUMOR


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