MI TOCADOR (RELATO ERÓTICO)

MI TOCADOR

Me desperté sudando entre las sábanas de mi amplia cama. Era un caluroso domingo de verano.
Tenía todo el día para disfrutar de mi tiempo libre, para dar un largo paseo por la ciudad. Pero me apetecía quedarme un rato más entre mis sueños.
Comencé a escuchar un golpe seco al otro lado de mi habitación. Fruncí el ceño, parece que así escucho mejor.
Creo que mis vecinos de al lado, tuvieron un feliz despertar. Intuyo que están practicando sexo.
Ese sonido me estaba poniendo nerviosa, me incomodaba imaginármelos, así que decidí que mi letargo acabara, y salté de la cama para irme a la ducha.



Salí del baño con mi albornoz blanco. Al entrar nuevamente en mi dormitorio, sentí alivio, ya que los “golpecitos” habían mitigado.
Me senté calmada en mi tocador. Una vez allí, comencé a secar mi cabello largo y rubio. Soy una mujer muy coqueta.
Mientras alisaba mi cabellera con el secador, andaba pensando las cosas que iba a hacer durante aquella  linda mañana.
Al apagar el secador, la habitación volvió a quedarse muda, o eso pensaba yo. De repente “los golpecitos” comenzaron a escucharse a través de mi pared.

- ¡Madre mía! ¡qué descaro!


Me sentía incomoda, e incluso irritada por tener que escuchar aquellos incesantes ruidos. 
Pero de repente, ya no solo se escuchaba los ruidos de la cama. Se comenzó a escuchar una chica jadeando y gritando.
Solté el cepillo que tenía en mis manos. Me miré al espejo sorprendida. Comenzaron a pasarme muchas cosas por la mente casi sin identificar ninguna de ellas.
De fondo, continuaba la banda sonora del placer; esa música que transmitía pasión al otro lado de mi pared.

Mientras me miraba fijamente al espejo, comencé a imaginarme a esa chica, casi sin quererlo. Mi mente la dibujaba retorciéndose de placer en los brazos de mi vecino, que no estaba nada mal.
Clavé mi vista en mi cuello, en la blanca piel de mi pecho que se dejaba ver por el albornoz. Dejé caer un poco el mismo, para contemplar mis hombros, mientras continuaba los gemidos de la vecinita.
Comencé a bajar muy lentamente las mangas, dejando a la vista todo mi pecho. Desabroché el lazo que me impedía mi desnudez. El albornoz cayó a mis pies.
Estaba sola y desnuda ante mi reflejo, delante de mí misma.

Contemplaba mi cuerpo ante el desabrigo. Miraba cada rincón de mi silueta, como si lo viera por primera vez. Como si de un cuerpo ajeno a mí se tratara.
Me resultaban gracios los lunares de mi hombro. Estaban allí, aportándome identidad.
Mis pechos no eran muy grandes, pero estaban en buen equilibrio con el resto de  mi cuerpo.

Cogí la crema hidratante de mi tocador, y comencé a extenderla por toda mi suave piel. Los brazos, las piernas, el pecho... y justo en ese momento me detuve.
Volví a mirarme ante el espejo, aun conservando mi mano en mi pecho izquierdo. Esa suavidad, hizo que mis pezones se endurecieran rápidamente. Sentía una sensación de placer máxima. Estar allí, sola, desnuda, contemplando todo mi ser.
Sentí la necesidad de amarme, de hacerme el amor, dulce y delicadamente.
Mis manos comenzaron a acariciar todo mi cuerpo, a la vez que impregnaba mi piel en un fresco aroma a mandarina de mi crema hidratante.

La expresión de mi cara comenzó a cambiar lentamente, a medida que recorría con mis manos mi silueta. Un baile al compás de mis manos y de mis deseos.
Descrucé suavemente mis piernas, dejando a la vista todo mi pubis.

  • A ti te dejaré para el final – pensé con sonrisa sarcástica.

Recorría pausadamente mis muslos, sin dejar de mirar la expresión de placer de mi cara. Sentía la calidez de mis muslos que brotaba entre las yemas de mis dedos. Y lentamente el calor se avivaba a medida que subía por mi entrepierna.

Frené mi mano ante mi paraíso más escondido, era mi tesoro de placer. Ese lugar donde se esconden todas las pasiones, la cueva de mis delirios.
Dulcemente rocé mis labios vaginales, con ternura pero con ansias y deseos. Estaban húmedos y calientes.

Aparté mi mirada del espejo, y miré fijamente a la pared, desde la que provenían aquellos gemidos, que ya no me incomodaban. En ese momento, disfrutaba como si la pared que había entre la habitación del pecado y la mía fuera invisible. Sentía que no había barreras entre ellos y yo. Que éramos los 3, los que disfrutábamos en conjunto.

Volví a centrarme en mi cuerpo y en mi desnudez, en mis manos y ahora en mi clítoris.
Con un delicado movimiento en círculo, jugaba con todo mi pubis. Esas caricias, me proporcionaban un cosquilleo muy agradable.

La intensidad de los gemidos de la vecinita comenzaron a ser más frecuentes y elevados. Cosa que me iba excitando cada vez más y más.
Hundí mis dedos dentro de mí, alcanzando todo el calor y esencia de mi cuerpo. Y comencé a masturbarme al ritmo de los jadeos de mi vecina.
No quería perder ni un solo gesto de mi cara, de mi expresión de placer, recreándome a través de la vista con mi propio cuerpo, y del oído, gracias al festival de gemidos de mis vecinos.

Mis dedos chorreaban placer, y poco a poco comencé a gemir al son de los habitantes del otro lado. Hasta el punto de estirar toda mi espalda, para que el gozo se extendiera a través de todo mi ser. Y justo en ese instante, estalló mi pubis de jubilo y gusto. Gusto por mis dedos dentro de mí. Gozo infinito derramado por mis muslos. Casi sin aliento, sin respiración y sin razón.

Extasiada de placer, me acosté en la cama para calmar mis piernas que aun continuaban temblando por mi gozo... y allí, quedé dormida nuevamente.


Recuerden Cupider@s que debes aprovechar al máximo cada sentido, disfruta de todas las facetas del placer y de la belleza que el mundo te revela. ( Helen Keller)




LES QUIERO CON MUCHO HUMOR


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