UN SUEÑO AL REVÉS (RELATO ERÓTICO)

Me desperté de un sobresalto.  Estaba toda la casa a oscuras, en silencio. Me di cuenta de que todo... todo había sido una quimera. 

- Parece que todo fue un simple sueño - me dije rozando la desilusión. 

Había sido un sueño, de esos que no te dejan indiferente, que te marcan, que no puedes olvidar ni borrar.
Intenté incorporarme en mi cama, pero no pude. ¡Estaba esposada! ¿Qué había pasado? No lograba entender nada. Aun seguía jadeante y sudorosa por la perturbación de mi descanso.
Tomé aire para calmarme y pensar con claridad. Poco a poco empecé a recordar cada detalle de mi maravilloso espejismo. 

Pude sentir como me retorcía de placer, exclamando, gritando y enredando mis uñas entre mis sábanas. Sentía como cada poro de mi piel exploraba el cálido placer de su cuerpo.
Era ese momento culmen de mi deleite, el momento en que la vista se te da la vuelta hacia el vacío. Dónde pierdes la noción del tiempo, y te falta el aire en tus pulmones... ¡el clímax!

¡Justo ese momento que aclamaba com – pasión! Esos segundos de locura, de demencia y de enajenación. Dónde tu razón y tu cuerpo se aíslan el uno del otro. Esos escasos segundos que ardes por dentro y por fuera.
Esa sensación devastadora por el sentir de su cuerpo, rígido y erecto dentro de mí.

Recuerdo aun como él recorría mi cuerpo, atrapándome con sus manos. Prisionera de sus antojos, a merced de su intensa mirada, me desvanecía caricia a caricia. Sus manos se encargaban que ningún rincón de mi cuerpo, quedara sin explorar, sin sentir, sin latir. Sus manos, recorrían sigilosamente un único destino entre mis caderas y mi pubis. Las yemas de sus dedos estallaban de gozo entre mis muslos, calientes y delirantes.
Sus manos me hacían presa con cada roce en mi piel.

Sus largos dedos afloraban dentro de mí, arrebatándome el aire de mis pulmones con cada gemido. Sus dedos magos del deseo, hacía brotar mi mar de pasiones.

Recuerdo como su lengua, lasciva, húmeda e incesante avivaba el fuego en cada esquina y recoveco de mi piel. Ardía por dentro. Ardía como el hielo puede llegar a quemarte la piel. Esa sensación agridulce que perturba los sentidos.

Sus besos eran cálidos. Alertaban que me deseaba, como una erupción volcánica, que poco a poco anuncia que el fuego ya está aquí, y que ya no habrá retorno.

Comenzó su ritual con un festín de besos, esos besos largos y fogosos, pero que a su vez eran tímidos y primerizos. Sus caricias pedían permiso a mi piel.

Con su simple presencia, me invadía una sensación de nerviosismo que era incapaz de disimular y controlar. 

Lo tenía a él frente a mí, mirándome, rogándome mis labios con su mirada.  Yo tímidamente huía de esa sensación, evitando el contacto visual, pero era imposible, porque tan solo su presencia era ardiente.

Estamos los tres solos. La botella de vino, él y yo. Mirándonos sin mediar palabra, diciéndonos todo. Uno frente al otro. Con muchas ganas, con poco que nos importara.

Él llegó con esos aires desenfadados, cabeza erguida y sonrisa pícara. Su aire chulesco, que tanto “amorodio”. Entró por la puerta, como un día cualquiera...

Y justo en ese momento que él cruzaba por la puerta... en ese preciso momento... me dormí.



Recuerden Cupider@s que en la vida pocos sueños se hacen realidad, porque en la mayoría se ronca. Hay que soñar despiert@s.

LES QUIERO CON MUCHO HUMOR


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