BACO, EL DIOS DEL VINO (RELATO ERÓTICO)

Rebeca andaba por la casa de un lado para otro, nerviosa sin saber que ponerse para la cita que sus amigos le habían organizado.

- ¿Qué necesidad tengo yo de esto? - exclamaba casi enfadada.

Rebe llevaba una larga temporada soltera, y sus amigos le habían organizado una cita a ciegas con un compañero de trabajo. Le habían comentado que Víctor era un buen chico, apuesto, dulce y con don de gente. Pero que desafortunadamente, en el amor nunca había tenido "una buena mano".



Rebeca organizó una cena ligera en casa. Lo tenía todo listo, pero aun tenía dudas con su vestido.
Optó por un traje corto muy sencillo, en blanco y negro. Se calzó unos discretos tocones que realzaban su figura.
No paraba de mirarse en el espejo y cuestionarse aquella cita. Hablaba sola por toda la casa.

- ¡Ya son las 21:00 h.! Cenaremos y acabará toda esta tortura que me están haciendo pasar mis amigos.


De repente sonó el timbre.


- ¡Uufff, ya está aquí, coge aire Rebeca! - se dijo a sí misma intentando mantener la calma.


Cuando abrió la puerta, se escuchó el ascensor subir. El corazón de Rebeca palpitaba a una gran velocidad.

¡Y ahí estaba Victor!

Un chico muy apuesto, vestido completamente de vaquero, con un aire desenfadado pero elegante.


- ¡Buenas noches, soy Víctor! Encantado. Toma, traigo una botella de vino.

- ¡Buenas noches, soy Rebeca! Encantada.

Rebe intentó disimular su nerviosismo de la mejor manera que pudo.

Pasaron directamente al salón a tomar una copa de vino antes de cenar, para así poder ir rompiendo el hielo.
La cosa parece que funcionaba. Víctor era un chico muy simpático, y facilitó bastante que la velada transcurriera de una manera muy cómoda y agradable.

Una vez que terminaron de cenar, muy gentilmente, Víctor ayudó a recoger la mesa. 

Rebe invitó a Víctor a terminar aquella botella de vino en el sofá y poder seguir disfrutando de la buena conversación.
Hablaban de temas muy variados. Parecía que Víctor era un chico muy culto, que había viajado mucho, cosa que le encantaba a Rebeca.


A medida de que la botella de vino iba disminuyendo, la sonrisa de ambos iba en aumento. El vino estaba haciendo efecto, y los dos cada vez comenzaban a estar más relajados.
Rebeca miró fijamente a Víctor. El la contemplaba con una mirada extraña pero intensa.

- ¿Me puedes servir más vino? - dijo Rebeca.

- Y... ¿Me lo vas a pedir así? -  replicó a carcajadas Víctor.

Rebeca desconcertada, no sabía exactamente como era el juego al que intentaba jugar su invitado.


- ¡Perdón!... ¿Me puedes servir un poco más de vino? ¡Por favor! - exclamó Rebeca.


Víctor gozaba de la incertidumbre de la pobre chica y de su nerviosismo.


- ¡No!, no te serviré más vino, hasta que lo pidas mejor - pronunció con una voz juguetona, mientras se acercaba a la mejilla de Rebeca robándole un dulce beso.


Rebeca entendió rápidamente el juego. Mientras, miraba con deseo a Víctor, a tan solo unos milímetros de sus labios, le repitió:


- Por favor, ¿serías tan amable de servirme un poco de vino? - le susurró sin dejar de mirarle a aquellos ojos negros, que tanto le imponían.


Ambos se encontraban al mismo nivel, con las mismas reglas de juego. Víctor ante tal solicitud, no dudó en servirle otro poco de vino.

Mantuvo la mirada clavada en Rebeca, diciéndole tras sus pupilas cuanto la deseaba. Ella, recibía esa observación intensa casi como una provocación. Provocación a un juego que le excitaba en demasía. Sus miradas hablaban de secretos, deseos inconfesables, de erotismo, de lujuria, de esa pasión que habita en nuestro interior.

Sus miradas comenzaron a expresar todo el deseo que se debían, todas las caricias que jurarían entregarse, todos los besos que ansiaban regalarse, y todos los orgasmos que llevaban grabados sus nombres.


Víctor sujetó dulcemente la cara de Rebeca. Ella, se estremeció con tan solo el tacto de su piel, con tan solo oler su piel. Él, notó que estaba sumisa ante su presencia, y aprovechó para besarle los labios tiernamente con dulce sabor a vino.


Justo en ese momento, casi sin darse cuenta, estaban besándose apasionadamente. Había estallado toda aquella pulsión sexual que ambos estuvieron reprimiendo durante la cena. 

Sus cuerpos se estaban deseando desde el primer momento que se vieron, con tan solo sentir la presencia del otro, pero las normas sociales, habían fingido una pared entre los dos.
Una vez estallado todo el deseo, no había retroceso. 

En cuestión de segundos ambos estaban con sus cuerpos desnudos en el dormitorio de Rebeca.


Víctor recorrió palmo a palmo cada poro de su piel. Acariciaba cada poro sin perder detalle. Fotografiando con las yemas de sus dedos cada rincón de su cuerpo. Como si de electricidad se tratara, las chispas entre los dos saltaban con tan solo el roce de su piel.

Agarró los pechos de Rebeca, jugueteando con sus pezones. Comenzó a besar delicadamente los pechos a la vez que los gemidos de Rebeca iban aumentando.

Deslizó sus manos por el vientre, mientras continuaba lamiendo uno a uno los pechos.

Su mano llegó al pubis. Ya estaba húmeda, debido al frenesí que ambos sentían el uno por el otro.
Con tan solo introducir su mano entre las piernas de Rebeca, ella suspiró.

No podían contener por más tiempo aquellas ganas y deseo, así que Víctor entró lentamente en ella.

A medida que él acompasaba su deseo, Rebeca le susurraba al oído lo mucho que lo deseaba. Hecho que aceleraba la respiración de ambos, y la pasión crecía.

- ¡Te deseo! - entre gemidos y susurros repetía una y otra vez Rebeca.


Víctor ardía por dentro y por fuera. Estaba a punto de estallar entre aquellas sábanas, como único testigo fiel de aquel encuentro. Pero no lo haría sin lograr que ella alcanzara un buen orgasmo antes. 

Guiándose de los gemidos de Rebeca, tomó el control de ambos cuerpos. 



Agarró fuertemente a su presa, ya que sabía que poco le faltaba para llegar al clímax. Su intensidad aumentaba vertiginosamente. Sentía ya las uñas de ella en su espalda, como síntoma de aquella pasión descontrolada.


Justo en el momento que Rebeca comenzó a gritar acaloradamente, Víctor se dejó ir con ella. Fluyendo cuerpo con cuerpo, gemido a gemido. 

Se complacieron mutuamente. Dejándose llevar por los instintos más primitivos y carnales del ser humano. 
Sin control, sin frenos, ni tabúes, disfrutaron de un primer orgasmo juntos.

Él, calló exhausto en el lecho, mientras que ella corrió al salón. 

Minutos más tarde, Rebe regresó con las dos copas de vino en la mano.

- ¡Quiero proponer un brindis! ¡Por Baco, dios del vino! - dijo Rebe.

- ¡Salud! 



Recuerden Cupider@s que sopa en vino no emborracha, pero alegra a la muchacha.

LES QUIERO CON MUCHO HUMOR


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