EL PERFUME (relato erótico)

Como de costumbre, siempre era la última en salir de la oficina. 
Al doblar la calle Mayor, justo en la esquina, mi torpeza y yo, tropezamos con un chico. 

- ¡Plasss! ¡y todo calló al suelo!


Muy furiosa me agaché a recoger todos los papeles que se me habían caído, sin apenas pararme a mirar a aquel chico.

- Discúlpame, déjame que te ayude - me dijo una voz muy dulce y cálida.

Sin levantar mi mirada, continué rabiosa recogiendo todas las carpetas que se habían quedado desperdigadas por el suelo. En ese mismo momento, su mano agarró mi mano.
Lentamente miré al joven. Era realmente bello, muy alto, ojos verdes, una sonrisa casi perfecta, un hoyuelo en la barbilla que lo hacía muy gracioso. Vestía con un traje negro y camisa blanca.

Yo apenas podía hablar. Me estremecí al perderme en aquellos verdes ojos.
Aceleré por recoger todo aquello del suelo, y me incorporé. El joven se levantó con algunas carpetas que había recogido y me dijo:

- No sé a donde iras con tanta prisa, pero quizás no sea tan importante eso que tienes que hacer. ¿Tomarías un café conmigo?

- Discúlpame, he de irme - respondí rápidamente, mientras cogía de sus manos el resto de los papeles que me sostenía el joven, y salí corriendo.



- ¿Cómo es posible, Diana? El chico fue muy educado y era muy guapo ¿Porqué siempre huyo de esta manera? - Me repetía una y otra vez

Llegué a casa muy cansada y me di una ducha de agua caliente. Al sentarme en el sofá, vi en la mesa todas las carpetas desordenadas, y decidí ordenar todo aquel desastre.

Al abrir las carpetas, me embriagó un aroma. Un perfume que me resultaba familiar.

- ¿Dónde he olido antes este olor? - me pregunté.


Intenté no despistarme y continuar ordenando todos mis papeles, pero parecía que no podía. Estaba absorta con aquel aroma.

De repente, entre todos los documentos, apareció una tarjeta de visita.

- Javier Soto (Abogado)


- ¿Cómo diablo ha llegado esto hasta aquí? - me preguntaba.


Pero ese aroma, ese olor, provenía de la tarjeta. Me acerqué la tarjeta para olerla, y efectivamente, el perfume que tanto me inquietaba lo desprendía aquella tarjeta.

En ese mismo instante, me acordé de aquel moreno de ojos verdes con el que me había tropezado.

- ¡Era suya!, ese olor, esa tarjeta... - me decía incesantemente. ¿Pero...? ¿Qué pretende?, ¿Que lo llame?


Empecé a ponerme muy nerviosa, a dar vueltas por todo el salón intentando aclarar ideas.


- ¿Y si no la puso él?, ¿Y si se le mezcló sin querer entre mis cosas?, ¿Pero...? Él me invitó a un café, sería por algo... - me cuestionaba hasta el aire que respiraba.


Siempre estaba midiéndome, siempre queriendo hacer lo correcto, por el que dirán...


-  ¡Ya está bien!, ¿qué malo pasará? - me dije mientras cogía el teléfono en la mano.


Comencé a marcar, y mi pulso se aceleró de repente. Tras escuchar 3 tonos volví a escuchar aquella dulce voz:


- ¡sabía que llamarías! - respondió sobre la marcha.


- ¡Ehh...hola! Soy Diana, la chica con la que tropezaste en la calle Mayor.


- Lo sé, te metí una tarjeta mía entre tus papeles. Sabía que llamarías.


- Y... ¿Por qué estabas tan seguro? ¿Siempre te funciona ese truco?


- No, jamás lo había hecho. Noté como te temblaba todo el cuerpo cuando te agarré de la mano. Sabía que habías sentido la misma química que yo. - Respondió con total seguridad Javier.


- Llevaba prisa, quería agradecerte lo amable que fuiste conmigo.


- Vale, me parece lo correcto. Celebraremos tus buenos modales con una copa. Anota: C/ Montevideo n.º15.


- ¿Ehh? ¿Pero...? 


- Cógete un taxi, te espero aquí. Chao.


Diana comenzó a pensar furiosa. ¿Qué se ha creído este chico? ¿Cómo pudo colgarme? ¿No pensará que voy a ir?¡A mí estas cosas nunca me han gustado!, ¡Qué descarado!, ¡Seguro que es el truco que utiliza con todas!... y justo en ese momento, Diana cerró la puerta de su casa y paró un taxi.


- Buenas noches, ¿También sabías que vendría? - dijo Diana.


- ¡Por supuesto!  Buenas noches Diana. Pasa y ponte cómoda - le brindó Javier.


Diana pasó al enorme salón minimalista que tenía Javier. Se sentó y rápidamente, el joven apareció con unas copas de vino tinto.


Estuvieron hablando durante largo rato. Hablando de sus vidas, de sus trabajos, de sus sueños y metas. Pero en todo momento, Diana no pudo relajarse.

Sentía una fuerte atracción hacia Javier. No entendía lo que sucedía, no sabía porqué su cuerpo reaccionaba así. Jamás había experimentado una atracción tan animal, dominada por aquel perfume embriagador.


Sin casi darse cuenta, Javier comenzó a acariciar el cuello de la joven.
Diana temblaba a pesar de sentir pura pasión por aquel hombre.
Era una explosión química que le arrebataba toda la razón.
Aquel perfume que hacía reacción con las hormonas de su piel, eran las culpables de todo el deseo y el ardor de su piel.
Javier lentamente siguió besando los hombros de Diana.
Dejó caer la camiseta de tirantes que llevaba, dejando a la vista los pechos de la joven.
Con las largas manos, Javier comenzó acariciar los pechos de Diana. 

Dentro de aquel espacio, el tiempo se detuvo, y las respiraciones se entrecortaron. Solo se escuchaban las yemas de los dedos, los labios devorando la piel y las ganas gritándole al deseo.

Javier recorría con sus manos todo el cuerpo de Diana. Le regalaba caricias, que desprendían el fuego y las ganas de su combustión interior.

Diana se recostó en el sofá, semidesnuda. Las manos del joven comenzaron a bajar por el vientre, introduciéndolas dentro de los vaqueros que llevaba Diana.

- Cierra los ojos y déjate llevar -  le susurró Javier al oído de Diana.


Diana asintió con la cabeza, y cerró los ojos. Negando el sentido de la vista, sabía que los demás sentidos se agudizarían.


La respiración de ambos se agitaba. Los dedos de Javier fluían entre las piernas de la joven.

Muy lentamente, bajó los tejanos de la chica. Y desvistió todo su cuerpo. De esta manera, lucharían en igualdad de condiciones, piel contra piel.
Acarició una mejilla de Diana con mucha delicadeza, y continuó recorriendo todo el cuerpo de la joven.
Diana continuaba recostada en el sofá, pero de repente, se incorporó. No podía continuar dócil y sumisa. Agarró con ímpetu a Javier, y lo recostó en el sillón.


La joven se colocó encima de él, para poder observar con todo detalle lo que estaba viviendo.
Cogió la corbata de Javier que estaba por el suelo, y vendo sus ojos.
Se sentó encima de él, sin hacer ningún tipo de movimiento. Comenzó a rozarse con el joven, torturándole, aumentando sus ganas.
Lentamente, se introdujo el miembro erecto dentro de su vagina.
Diana comenzó a moverse muy lentamente, a medida que Javier exclamaba con ansias el calor de la vagina de Diana.
El joven agarró con fuerzas la espalda de la chica, marcando con las uñas todo el fuego que emanaba de su piel.
Diana cabalgaba cada vez con más agitación. Viendo debajo de sus ojos, como Javier se iba retorciendo de placer. Observando como aquel joven iba poco a poco llegando al orgasmo. Hasta que los gemidos de Javier, anunciaban que el punto álgido de placer estaba dentro de ella. Que había detonado la pasión de ambos, con los vaivenes de las caderas de Diana.

Extasiada y sudorosa, Diana se dejó caer en el pecho de Javier. Intentando recobrar el aliento y la coherencia que había perdido en su entre piernas...


Recuerden Cupider@s que es extraordinariamente sexy el aroma de la inteligencia.



LES QUIERO CON MUCHO HUMOR

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