EL FINAL DE MI PRINCIPIO (RELATO)


Escuché la puerta cerrarse de un golpe seco. Se fue, Sergio se marchó...

Una vez más habíamos discutido. No conseguíamos ponernos de acuerdo en nada. Siempre andábamos con morros. Y yo, ya me cansaba de esta situación. Me encontraba irritada y muy enfadada.

Llevábamos saliendo más de 4 largos años. Digo cuatro largos años, porque habíamos vivido momentos muy bonitos juntos. Habíamos superado bastantes obstáculos, uno al lado del otro.



Nuestra conexión siempre había sido mágica y especial desde el mismo día que nos conocimos.
Con tan solo mirarnos, él, y tan solo él, podía hacerme temblar todo el centro de mi ser. Con tan solo rozarme, o con sentir su presencia a mis espaldas, mi piel se erizaba.

Yo siempre he sido de muchas manías, manías raras. Pero la manía más bonita, y que más adoraba, era inhalar su fragancia en la almohada, tras abandonar mi cama. Me encantaba volver a dormirme con su aroma.

Pero ese día no quise, estaba muy furiosa. Me negaba a mantener su recuerdo en mi memoria sensitiva.

¿Cómo habrá podido decirme algo así? - me repetía una y otra vez.

Me giré en mi cama e intenté reconciliar el sueño.
Sentía mis pulsaciones en mi cuello, irritándome con tan solo el recuerdo de sus necias palabras hacia mí.
Abrí el cajón de la mesa de noche, e ingerí un ansiolítico para calmar mi enfado.
En un corto espacio de tiempo, comencé a sentir que Morfeo acudía a la vera de mi lecho.
Mi estado de relajación era tan placentero, que comenzaron los buenos recuerdos vividos al lado de Sergio.
Recuerdo cuando nuestras miradas se cruzaron por primera vez. Aun puedo sentir en mis entrañas aquella milésima de segundo, en la que nuestras miradas se quedaron congeladas mirándonos a través de las cristalinas pupilas.
No conocíamos nuestro nombre tan siquiera, pero ya nos amábamos. Supe en aquel mismo instante, que era el hombre de mi vida.

Me vino a la mente nuestro primer beso. Tímido, discreto, casi robado, pero tan ansiado. Cómo cada poro de mi piel se quebró en mil pedazos al rozar sus labios.

Recuerdo el día que nuestros cuerpos sedientos de pasión, de amor, de ternura, quedaron al desnudo uno frente a otro. Nos amamos por primera vez. Recorrer cada palmo de su cuerpo, encontrando cada defecto tan perfecto. Averiguando sus puntos cardinales del placer.

Recuerdo nuestra primera discusión. Absurda como todas las demás. Como niños enojados por no ser complacidos.

Nuestras largas charlas en el sofá con una copa de vino. Nunca había un final para nuestros temas de conversación, siempre teníamos palabras que dedicarnos, momentos en los que podíamos aprender el uno del otro. Momentos para admirarnos.

Recuerdo nuestra guerras de cosquillas, pellizcos, o cualquier bobería que se nos ocurriera para molestarnos mutuamente.

Cada momento con Sergio era tan especial, que casi ni recuerdo el motivo por el que hoy volvimos a discutir.
Siempre supe que era alguien diferente, pero jamás tenía la valentía de decírselo.
Siempre con las prisas, con las obligaciones, con las responsabilidades y los “queaseres” cotidianos.

En ese momento, fui consciente que todo aquello era una estupidez. Que había llegado el momento de demostrarle a Sergio lo mucho que significaba para mí. Que había pasado todo este tiempo, perdiendo el tiempo, sin disfrutar de los maravillosos momentos que tenía a su lado.

Retomé consciencia de mi poco sentido común, debido a los ansiolíticos, o eso pensaba yo.

Afiné el oído, ya que me pareció escuchar una voz conocida:

- ¡Es una pena muy grande! - sollozaba una dulce voz
¡Sí, era maravillosa! ¡Y con lo joven que era! - replicaba otra voz femenina.

Yo no alcanzaba entender que sucedía. Parecía un sueño, pero me había despertado mucha curiosidad por saber que estaba ocurriendo a mi alrededor. Intenté incorporarme de mi lecho, y descubrir que había pasado.
A mi alrededor estaban todos mis familiares y amigos llorando.

¿Dónde estaba? ¿Qué había ocurrido? ¿Esto era una broma? - me repetía incesantemente.

Vi entre todos mis seres queridos a Sergio llorando, muy decaído y muy pálido.
Corrí hacia él y lo abracé, pero se quedó totalmente inmóvil.

Sergio, ¿qué pasa? - le rogué.

Miré a mi alrededor. Reconocí rápidamente aquel lugar. ¡Estaba en el tanatorio! Pero... ¿qué había pasado?
Intenté hablar con todos mis familiares y amigos, uno a uno me acercaba a ellos, pero nadie me respondía. Empecé a angustiarme, no quería darme cuenta de lo que estaba ocurriendo a mi alrededor.
Comencé a dar vueltas sin sentido, buscando una explicación a aquella pesadilla. Porque aquello tenía que ser un mal sueño. ¡Despertar en mi propio velatorio!
Necesitaba una razón, una explicación para aquel calvario. Todos lloraban mi ausencia, pero yo estaba allí, no me había ido, quería mantenerme a su lado.
La desesperación se iba apoderando de mí. Sentía que ahora sí era necesario un ansiolítico, y no por la estupidez de discusión que había tenido con Sergio.

Busqué un rincón lejos de todo aquel llanto, y me senté para ordenar mis ideas, que iban dando tumbos en mi cabeza.

Si aquello no era un sueño, ¿Qué había sucedido? - me cuestionaba repetidamente.

Al fondo de la sala escuché a Sergio hablar con uno de sus mejores amigos, que acababa de entrar en el tanatorio.

Los médicos dicen que fue un infarto fulminante – sollozaba Sergio.
- ¡Te acompaño en el sentimiento Sergio!, ¡Lo siento mucho!
- Muchas gracias. No logro entenderlo amigo. Anoche me fui de su casa enfadado como de costumbre. No tuve tiempo a despedirme, a decirle lo mucho que la quería, a demostrarle lo que significaba en mi vida. ¡No me lo perdonaré jamás!
- Sergio, ella sabía cuánto la querías. Eran una pareja formidable. La culpa no te ayudará a sobreponerte de este duro palo. ¡Mucho ánimo amigo!
- ¡No!, ¡era imposible lo que mis oídos estaban escuchando!, ¡estaba muerta!, ¡un infarto! - la angustia y la desesperación recorrían cada poro de mi ser.

Corrí a los pies de Sergio. Me abracé a su regazo sollozando una oportunidad. Suplicaba una oportunidad a la vida, de volver tan solo un día más. ¡Tenía tantas cosas que decirle!

Corría de un lado para otro dentro de aquella fría sala de tanatorio. Intentaba hablar con todos mis amigos y familiares, pero era imposible. Todos hablaban sobre lo buena persona que yo era. La repentina muerte que sepultó mi juventud.
Agotada de tantos intentos fallidos, me volví a mi rincón del pensamiento, asilada de las lágrimas y sollozos de mis allegados.

Miré mi reloj en ese momento, y me di cuenta de que se había parado. Ya no andaban aquellas agujas. Se habían parado al unisono de los latidos de mi corazón.
Ya era tarde, muy tarde. Ya no había vuelta atrás. Ya no había más oportunidades para decir tantas cosas, para hacer tantas otras.

Fui consciente que había vivido sin miedo a la muerte. Que nunca fui capaz de vivir mi vida, con la muerte como compañera. ¡Me creí inmortal!
Había en mi lista muchas cosas pendientes para mañana, sin percatarme que el mañana no existe. Que había llegado el revisor y me había bajado del tren. Que aquí se había acabado mi viaje.
Había malgastado mi vida con enfados tontos. Ahogando mis emociones y sentimientos. Callándome todo aquellos “te quieros” que nunca dije. Todos aquellos momentos que dejé de hacer cosas porque estaba cansada, malhumorada o aburrida.
Lamentaba mi vida, mi suerte, mis penas. Maldecía cualquier instante con quejas nefastas.

Ahora que no había vuelta atrás, daría mi vida entera por volver a empezar. Ahora, justo ahora que había llegado mi final, había aprendido la lección de la vida.
¡AHORA QUE ESTABA MUERTA!


Recuerden Cupider@s que el hombre es el único ser en la naturaleza que tiene consciencia  de que va a morir. No se da cuenta de que,  con la consciencia de la muerte, sería más capaz de ser más osado, de ir mucho más lejos en sus conquistas diarias, porque no tiene nada que perder, ya que la muerte es inevitable. (Pablo Coelho)

LES QUIERO CON MUCHO HUMOR


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4 comentarios:

  1. Qué buena historia... por qué seremos conscientes de todo después de haberlo perdido? Yo me hago esta pregunta cada día y me doy cuenta que sigo perdiendo el tiempo¡¡ un beso¡¡

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    1. El tiempo es lo único que no se puede recuperar jamás... evita perderlo. Antes deberías perder la cordura. Besotessss

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  2. Estupendo relato. Y más para reflexionar que cada día de nuestra vida es único e irrepetible.
    Felicidades.
    Saludos

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    1. Estamos a solo un segundo de morir y jamás somos conscientes de ello. Muchas gracias.

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